Gran Vignemale por el corredor Moscowa (3.298m.)

Primer intento – Octubre de 2020

Sin demasiada experiencia en ascensiones invernales, pero rebosantes de ilusión, nos lanzamos a por un reto mayúsculo: conquistar los 3.298 metros del imponente Vignemale, el pico más alto del Pirineo francés. Las recientes nevadas habían pintado el paisaje de blanco y prometían una aventura tan desafiante como inolvidable.

Tras dejar el coche en el parking del camping de Bujaruelo, comenzamos una tranquila aproximación de unos 5 km y 300 metros de desnivel hasta alcanzar la solitaria cabaña de Ordiso. Allí, rodeados por la inmensidad del valle, pasamos una noche mágica, bien resguardados del frío y en comunión total con la montaña.


Con las primeras luces del amanecer, emprendimos la marcha. Dejamos atrás la cabaña de Cerbillonar y nos enfrentamos a un terreno que no daba tregua: más de 1.000 metros de desnivel en apenas 3 kilómetros, cubiertos de nieve polvo. Abrir huella se convirtió en una lucha constante.


Nos turnábamos, pero el avance era exasperantemente lento. A mayor altitud, más nos hundíamos… los últimos 300 metros los hicimos prácticamente con nieve hasta la cintura.


Al superar la chimenea, el terreno no dio respiro. Cornisas inestables, nieve húmeda y traicionera, placas de hielo... Las condiciones no eran solo duras, eran peligrosas. Y aunque el objetivo estaba cerca, el reloj nos advirtió que el tiempo se nos había escapado. A las 15:00, con la cumbre todavía fuera de alcance, decidimos lo más sensato: dar media vuelta. Con pesar —y orgullo— pusimos fin a nuestra primera tentativa.


Segundo intento – Julio de 2021: ¡CONQUISTA DE LA CIMA!

Aprendida la lección, regresamos al Vignemale en pleno verano, decididos a alcanzar la cumbre... esta vez con todas las condiciones a nuestro favor.


El plan era el mismo que en noviembre de 2020, pero ahora el terreno estaba seco y los cielos despejados. Avanzamos a triple velocidad por el corredor, y al llegar a la chimenea, ¡sorpresa!: ni rastro de nieve.


Subimos con confianza, aún con alguna trepada ocasional, hasta alcanzar el codiciado collado Lady Lister.



Fue en ese momento cuando, con la cima a la vista, nos golpeó el recuerdo: la vez anterior habíamos estado apenas a unos metros de ese mismo collado, tan cerca... y, sin embargo, tan lejos. Ahora, sin duda, sabíamos que haber dado marcha atrás entonces había sido lo correcto. Aquella retirada nos salvó, y esta vez sí estábamos preparados.


En el último tramo, dejamos las mochilas para no cargar con peso innecesario y encaramos el apretón final. La cima nos llamaba. Y al fin, tras tanto esfuerzo, tras tanta espera...


¡ÉXITO! El Vignemale es nuestro.

La cumbre se alzó bajo nuestros pies y el viento en la cara supo a victoria. Nadie nos quitará este recuerdo. Jamás.



Pero como siempre decimos: la cima no es lo más importante. Lo esencial es todo el camino.

Por eso, decidimos descender por una ruta distinta: el mágico valle que conduce al Barrage d'Ossoue, donde las marmotas nos recibieron con su peculiar bienvenida y el paisaje nos dejó sin aliento.



Allí, junto al lago, descubrimos la pequeña cabaña de Ossoue, justo a tiempo para refugiarnos del diluvio que azotó la montaña durante casi toda la noche. Bajo ese techo sencillo, dormimos como reyes.


Tras dos noches en la inmensidad salvaje, tocaba regresar a la civilización. Aún nos quedaban 500 metros de desnivel para alcanzar el lago de Bernatuara,


y después, un último sendero nos devolvería a nuestro punto de partida: el entrañable Bujaruelo.


Una historia de perseverancia, aprendizaje y recompensa.
Una cima conquistada, y un alma renovada.









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